Un viaje en colectivo hasta los lagos del sur, Río Negro, una provincia bendecida con una naturaleza, frondosa, y exuberante, de bosques y lagos…
Una mochila cargada de pertrechos, para sobrevivir en el bosque, una caña de pescar, tal vez un rifle desarmable del veintidós, una marmita, algo de comida inicial para sobrevivir algunos días, una bolsa de dormir, y las ganas, si las ganas de perderse en esa inmensidad del bosque.
Perderse en el, es como perder la vida que no quiero, que me pesa, y así llevarla a los orígenes, al punto de partida, a la propia natura pura, primera, creada.
Y desde este perderse en el bosque, que es perder lo que fuera de mí, remontar y remontar esperanzas, de perdón, de vida, tal vez río arriba en el deseo de allegarme al mismísimo espíritu creador…
Y así poder decirle, aquí estoy en tierra, absorto por la magnificencia de tu creación, a la orilla del río, absorto…
Un monte, un bosque, un río, que conduce a ti Señor, que de mi, que de la vida, que de nosotros…que por momentos no sabemos donde ir, que hacer, donde hallarnos, a que puerta llamar…
Una puesta de sol en la montaña, y es como haberlo contemplado todo…Las montañas, que demuestran la magnificencia de todo lo creado por su majestuosidad, y permanencia en el tiempo. El río, que con su continuo rugir, parece que se abrevara de fuentes eternas, inalcanzables, para nosotros. El bosque, que denota la fragilidad y caducidad de la vida albergando infinidad de especies, representa la vida y la muerte en su vulnerabilidad. |